Feb
2009
Una jornada laboral distinta
La paloma del banco en flickr
Un rayo de luz iluminaba su cara. Un rayo que entraba por el pequeño paso de la persiana que no acababa de cerrar.
Poco a poco se iba despertando con una sensación extraña que creaba el calor que crecía en su mejilla. Quiso abrir los ojos pero no pudo. Demasiada luz cerraba sus pupilas al máximo, hasta el punto que simplemente parecían del grosor de un alfiler, y aún así no distinguía nada, todo era luz.
Maldijo el momento en el que no tubo la paciencia necesaria para dejar la dichosa persiana bajada del todo, sin huecos para luz, pero ya no podía hacer nada. Solo tirar de la correa e intentar dormir de nuevo. Consiguió hacer lo primero, lo segundo solo lo intentó, pero ahora que estaba despierto el mismo pensamiento invadía su mente. Daba vueltas, solo eso. No era capaz de pensar en él con claridad, de encajarlo y resolverlo en su debido momento. Era un incordio. Ni un pensamiento ni un problema, solo un incordio. Poco importaba como zanjarlo, servía con que no fuera un incordio para poder pensar en otras cosas.
Empezó a brotar agua. Había abierto el agua caliente de la ducha. Al poco rato dio paso al agua fría. Con el agua en su justa temperatura intentó dejar de pensar. Pero daba igual la situación, el pensamiento seguía rondando por ahí. Podía cantar, podía escuchar la radio y el pensamiento no se alejaba de sus extrañas. Era una molestia en la parte trasera del cráneo.
Dejó correr el agua y los minutos.
Esperaba llegar al trabajo y olvidarse de los problemas para centrarse en lo que lo levantaba todas las mañanas de la cama. Y ese momento llegó.
Ya estaba desayunado, cambiado y listo para empezar su jornada laboral. Compró el periódico.
Llegado al trabajo, solo quedaba entrar en su despacho y acomodarse en su sillón. Un sillón amplio, con respaldo, con todas las comodidades disponibles. Aunque tenía un “pero”. Era un sillón público, uno de esos con cuatro patas y donde da el sol en días despejados…tenía el inconveniente de que en días de lluvia el sillón se hace inservible.
El despacho era de lo más variopinto. Zona recreativa posterior, luz sincronizada con el horario de trabajo, plantas y flores no faltaban en la decoración. Era muy amplio, y las vistas eran inmejorables. Soleado no es la palabra, ya que dependía mucho del tiempo.
Ya en el sillón, desde donde observaba como la muchas personas se movían a un ritmo frenético, comenzó a leer el periódico. Su objetivo eran los anuncios en donde se ofrecía trabajo. Los revisó todos, uno a uno, con la total confianza de que ese sería el día en que cambiaría de despacho, y de sillón.
Al poco rato pudo comprobar como aquel día no sería su día de suerte y prefirió cambiar la tarea que iba a ocupar las restantes horas de su jornada laboral. Empezó por una de las calles cercanas al despacho comprobando si los locales colgaran ese día el cartel de “se buscan empleados”.
Pasaron las horas hasta que el alumbrado del despacho se encendió. Indicativo de que la jornada laboral había acabado en ese lugar.